Reconstrucción sin Estado
El riesgo de convertir una política post catástrofe en una agenda de reducción de las capacidades públicas
El proyecto de reconstrucción presentado por el gobierno de Kast instala una tensión relevante para la discusión pública. Aunque se presenta como respuesta frente a emergencias, incendios, déficit habitacional y deterioro económico, su orientación principal no está puesta en fortalecer la capacidad del Estado para enfrentar futuras catástrofes. Bajo el lenguaje de la reconstrucción, articula una agenda de reactivación económica, reducción regulatoria, rebaja tributaria, certeza para inversionistas y contención del gasto público.
Reconstruir no es solo ejecutar más rápido
En política pública, reconstruir no equivale solo a reponer viviendas, acelerar permisos o destrabar inversión. Un proceso de reconstrucción posterior a una catástrofe exige recomponer condiciones de vida, reducir vulnerabilidades previas, recuperar infraestructura crítica, sostener redes comunitarias, asegurar continuidad de servicios, fortalecer capacidades locales y dejar instalados mecanismos de prevención y respuesta futura.
Desde esa perspectiva, el proyecto resulta insuficiente. Pero su problema más relevante es que algunas de sus orientaciones podrían debilitar la capacidad pública necesaria para enfrentar nuevas emergencias. La reconstrucción requiere un Estado más eficiente, pero esa eficiencia no puede confundirse con un Estado más pequeño, con menos herramientas regulatorias, menor capacidad fiscal y menor presencia territorial.
El riesgo de una reconstrucción sin Estado presente
El proyecto identifica como problema central la permisología, la carga tributaria, la incertidumbre para los titulares de proyectos y el gasto fiscal. En consecuencia, propone acortar plazos de invalidación, limitar paralizaciones, reducir instancias de revisión, flexibilizar evaluaciones, generar incentivos tributarios y contener el crecimiento del gasto. Estas medidas pueden discutirse dentro de una agenda económica general, pero resultan problemáticas cuando se presentan como núcleo de una política de reconstrucción.
Los desastres no se explican solo por la magnitud del evento que los desencadena. También expresan formas previas de ocupación del territorio, precariedad habitacional, déficits de infraestructura, desigualdad en el acceso a servicios, exposición ambiental y debilidad de capacidades locales. Por eso, una política de reconstrucción no puede orientarse únicamente a acelerar proyectos. Debe preguntarse qué se reconstruye, dónde, bajo qué estándares, con qué actores, con qué información territorial y con qué capacidad de sostener las decisiones en el tiempo.
Gobernanza, territorio y protección social
La dimensión habitacional muestra con claridad esta tensión. El proyecto incorpora medidas para reactivar la construcción y estimular el mercado de viviendas nuevas, pero no aborda suficientemente los problemas propios de una reconstrucción post catástrofe, como tenencia, suelo, relocalización, campamentos, arrendatarios, allegados, urbanización, permisos municipales, redes de servicios, acompañamiento social y calidad de las soluciones.
Una reconstrucción robusta necesita una arquitectura pública permanente, con equipos técnicos, sistemas de información, coordinación con municipios y gobiernos regionales, seguimiento y canales de interlocución con las comunidades. El proyecto no avanza en esa dirección. No crea una institucionalidad estable de reconstrucción, no fortalece capacidades locales y regionales, no instala estándares de protección social adaptativa y no desarrolla una política de salud mental, cuidados y acompañamiento post desastre.
Prevención debilitada
Reducir el riesgo de desastres exige planificación territorial, evaluación ambiental, protección de ecosistemas, infraestructura resiliente, regulación del suelo, fiscalización, datos y preparación comunitaria. Cuando la regulación se concibe principalmente como obstáculo para la inversión, se debilitan herramientas necesarias para anticipar daños futuros. Un Estado con menos capacidad de revisar, condicionar, fiscalizar y corregir decisiones territoriales puede ejecutar más rápido, pero no necesariamente reconstruir mejor.
El punto de fondo es que la reconstrucción no puede ser tratada como una oportunidad para reducir el Estado. Las emergencias muestran que la vida cotidiana depende de capacidades públicas que suelen ser invisibles hasta que fallan. Catastros, subsidios, permisos, salud, educación, conectividad, vivienda transitoria, información, acompañamiento psicosocial, servicios básicos y coordinación territorial forman parte de una infraestructura institucional que no puede improvisarse en medio de la crisis.
Si bien el proyecto reconoce que la reconstrucción requiere rapidez, financiamiento y capacidad de ejecución, falla al convertir esa necesidad en una agenda general de disminución del Estado. Su principal debilidad es que no se hace cargo de lo esencial de una política post catástrofe. Reconstruir no es solo remover trabas a la inversión. Es construir capacidades para que el próximo desastre produzca menos daño, encuentre instituciones mejor preparadas y no vuelva a golpear con mayor fuerza a quienes ya enfrentan las mayores vulnerabilidades.